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viernes, 29 de octubre de 2010

Yo soy yo y mis contradicciones.


Soy una persona cuanto menos extraña.Tengo dos caras como una moneda. Así se me podría describir a la perfección: contradictora. En mi vida hay dos tipos de días, los buenos y los malos. En los malos tengo muy mal carácter, escasa paciencia y un punto de vista extremadamente pesimista. A los demás les suelo resultar excéntrica, incompresible, confusa y retorcida. En los días buenos soy un cielo. Dulce, comprensiva y positiva. Capaz de hacer cualquier cosa por arrancarles una sonrisa a los que me rodean. En general, me aburro con mucha facilidad. Me gustan los retos, por ende, creo que si un juego está ganado desde el principio no vale la pena malgastar el tiempo jugando. Soy demasiado orgullosa, hasta un punto indescriptible. Cabeza alta y sangre fría, o eso intento.

jueves, 28 de octubre de 2010

Lágrimas de plástico azul.

Cuando miras a una persona puedes ver el 50% de lo que es. Querer descubrir el resto, es lo que estropea las cosas.

jueves, 21 de octubre de 2010

La chica de la triste sonrisa.

Siempre había ido a trabajar en tren. Cada mañana veía las mimas caras y la misma sombra sobre cada individuo que como yo esperaba en el andén a que llegase la primera locomotora de la mañana. Saludaba a la misma hora cada día, todos los días, a las mismas personas, pero aquel día, no recuerdo cuantos años hace exactamente, algo diferente cambió mi vida. En aquel instante no lo comprendí, pero tiempo después pude entender que significó para mí la chica de la triste sonrisa. Como decía, esperaba en el andén cuando ella irrumpió en la estación y llenó de luz todos y cada uno de los rincones, incluso los que todos llevábamos incrustados en las entrañas. Era una mujer joven, no especialmente guapa pero con el misterio que tenía podía encandilar hasta al más frío de los hombres. Llevaba un vestido gris, que jamás se quitó en los meses en que coincidimos. Dicen, yo no lo sé, que la pobre no tenía ni para comer, pero yo creo que ese vestido era para ella una especie de tesoro, que suavemente acariciaba cuando sus pensamientos y su mirada se perdían en algún lugar de su memoria. Tal vez penséis que son sensiblerías lo que os digo, pero las caricias que vi que le regalaba a esa tela escondían más amor que el que muchos de nosotros hemos sentido jamás. Caminaba ausente a los cientos de ojos, que como yo, la observaban. Era una cara nueva en nuestra monotonía. Sus zapatos de tacón apenas rozaban el suelo, volaba ante nosotros y con ella esa luz que hacía desaparecer toda la maldad y la oscuridad que había en nosotros. No lo creas pero esa chica era algo más que una chica. Era algo más. Se sentó en uno de los bancos de madera de la estación y clavó su mirada en la vía. Esperando.
Jamás habló con ninguno de nosotros. Todas las mañanas acudía a la espera del primer tren sentada en aquel banco y se iba a última hora de la noche. Nunca reclamó para ella aquel lugar, pero nadie, fuese pasajero habitual u ocasional, osó usurpar su trono. Un par de semanas después de su llegada empezaron a surgir las conjeturas. Llegaron a decir que se había escapado de un manicomio o simplemente estaba loca, pero nadie de los que cuchicheaban se molestó en mirarla a los ojos. Yo sí lo hice. No fue tarea fácil. Sus ojos se escondían tras unos párpados que, cansados de tanta tristeza, ahora caían sin fuerza sobre su mirada. Aquella joven esperaba el amor. Le habían dicho que llegaría en uno de aquellos trenes, pero se negaba a creerlo. Ella había dejado que se fuera y ahora, tal vez arrepentida o tal vez esperanzada, volvía cada mañana a sentarse en su banco a esperar. No estaba loca como todos lo entendemos, estaba loca de amor. De un amor que por su terquedad había dejado escapar. Sentí pena por ella en aquel momento. Ahora, años después, lo que siento es envidia. Si, envidia. Ella si sintió amor y dejó de lado su vida para recobrarlo. 
La acompañé (sin que se percatase) en su espera durante muchos meses hasta que una mañana hallé sobre su banco un sobre arrugado y desgastado, seguro que por la mezcla de dolor y lágrimas. Nunca supe más de ella pero dicen que se quitó la vida arrojándose a la vía del tren que meses antes ya se la había arrebatado al llevarse al hombre que había escrito esa carta. A día de hoy no he conseguido leerla, creo que no soy merecedora de ser partícipe de su historia. Sólo sé que hizo que comprendiese que no debemos dejar pasar nuestro tren, ella lo hizo...



¿Y tú?

martes, 19 de octubre de 2010

Cabecita Loca.


Observa tu cuerpo, y mira sus cicatrices.
Observa la ciudad, y pisa sus cicatrices.
Aprende con ellas, de ellas.
Porque vivirás con ellas toda la vida.


domingo, 17 de octubre de 2010

Recuerdo de un día

Dos personas salían de un portal casi a las dos de la madrugada del viernes veintitrés de marzo; había llovido aquella tarde y podías ver tu reflejo en los charcos formados por la acumulación de agua en los lados de la acera. En la tele habían dicho que aquella noche se notaría una ligera neblina de vapores. Tras esa capa sólo se veía una sombra difuminada y ensombrecida por la luz de la luna y la oscuridad de la noche. Te fijabas como el tiempo pasaba cada segundo más lento que el anterior y más rápido que el siguiente pero no sabías porqué, te gustaba ése sitio. Ese oasis de tranquilidad en el que nada importa. Esos dos chicos, adolescentes, andaban por la calle a esas altas horas de la madrugada cuando de pronto uno de ellos se para en medio del asfalto y le dice al otro:
- Rashkolnikov, ¿y si nunca llegara ese momento?
- ¿Llegar qué momento, hermano? -preguntó extrañado el joven-.

- ¿Qué momento va a ser? Me refiero, obviamente, al momento en el que por fin nos demos, ambos, cuenta de lo que hacemos aquí -respondió el hermano-.
- ¿Por qué se te da por pensar en eso, Cosow? ¿Te ha pasado alguna cosa que me hayas ocultado después de tantos años de confianza?
- No, es simplemente que me siento muy insignificante ahora mismo y no encuentro mi lugar en estas calles. Acabo de fijarme en la claridad del cielo y la luz que emana la Luna y en la cantidad de estrellas que nos estarán mirando en este preciso instante.


http://recuerdodeundia.blogspot.com/ 
El comienzo de un libro, un gran libro, escrito por Brais Díaz Collado.

sábado, 16 de octubre de 2010

Envejeces cuando dejas de perseguir tus sueños.

El hombre viejo agarro con fuerza su silla de ruedas mirando hacia el vibrante horizonte violeta. Cerró los ojos con firmeza. Empezó a recordar. 
-La vida da muchos giros...- Empezó diciendo tristemente mientras paseaba sus manos por el posa brazos de la silla de ruedas. - Vives una juventud plena. Creces feliz, y pasas toda tu vida creyendo que siempre será así. Hasta que un día te das cuenta de que han pasado 20 años. Trabajas para mantener una familia. Te quedan mas de 30 años de hipoteca. Tu trabajo te está matando poco a poco. Te alejas de tus amistades. Te casas con alguien. El tiempo pasa y ya no sientes lo mismo. Tus hijos te ignoran. No puedes volver atrás, no puedes... Tu salud decae. Tu hogar ya no es cálido. Solo hechas de menos los viejos tiempos.  Sentir que la vida se te ha escapado entre los dedos. - Sus ojos se humedecen- ¿Sabes? Aun recuerdo cuando podía andar. Recuerdo como caminaba con mis amigos por las colinas, el tiempo parecía no acabarse nunca. Recuerdo como el sol brillaba en nuestros rostros y corríamos mientras reíamos. Nada podía hacernos daño. Nada. Corríamos como si el mundo se fuera a acabar, pero teníamos toda una vida por delante. 
 - Se incorporó lentamente y extendió la mano como si quisiera acariciar el cielo- Si hubiera sabido como iban a acabar las cosas...

jueves, 14 de octubre de 2010

Una Olivetti color azul.


Aquella noche de invierno, en que no dejaba de nevar fuera, decidió abrir por primera vez el regalo que le hizo su padre antes de morirse. Habían pasado 5 años, pero nunca se atrevió a hacerlo antes, había guardado demasiado rencor a ese hombre que sólo en sus últimos meses de vida, cuando yacía medio moribundo en la cama de un hospital, mostró algo de cariño a sus descendientes. El regalo era una máquina de escribir marca Olivetti, que usaba su abuelo, el padre de su padre, de profesión escritor, aunque de condición bastante mediocre. La desembaló con cuidado y admiró su belleza. Era azul, con las teclas negras. Cogió una bayeta y con sumo cuidado le quitó el polvo de los días. Que él supiera, su padre jamás había presionado una sola tecla, como jamás había hablado bien de su abuelo, al que se refería como “pobre infeliz”. Él siempre pensó que la forma en que su progenitor les trataba a él y a sus hermanos era la consecuencia de una falta de cariño que había sufrido en su propia piel por quien más quería. Él nunca tuvo intereses literarios, ni escribía ni era un gran lector. Se conformaba con leer los periódicos de información general y la prensa deportiva. Así que volvió a dejar la máquina de escribir y se fue a dormir. Según pasaban los días, empezó a encontrarse extraño. Montones de palabras se agolpaban en su cabeza, chocando y formando frases que lógicamente se ordenaban para dar lugar a cientos de párrafos. Tenía jaquecas constantes y un malhumor perenne. Un impulso le llevó, en una noche más en vela, a tirar de un manotazo todo lo que había encima de su escritorio e ir a buscar la Olivetti junto con un paquete de 500 folios. Y pulsación a pulsación, fue extrayendo de su cabeza tanta sílaba unida. Estuvo horas escribiendo, no sabía cuántas, pero veía cómo se habían hinchado sus muñecas y tenía callos en los dedos que presionaban las letras más repetidas. Para acompañar su desvelo, Up where we belong de Joe Cocker sonaba de fondo. Quién sabe cuántos minutos más tarde, escribió el punto final de aquel bodrio de novela, que por fin había abandonado su cabeza, liberándole. Y puesto el último folio sobre los 347 anteriores, les dio unos golpecitos contra la mesa, para que ninguna hoja sobresaliera frente al resto, y los echó al fuego con rabia.
Pero conforme se iban quemando esas letras escritas en la máquina maldita, otras nuevas se incorporaban a un nuevo baile en su cabeza...

martes, 12 de octubre de 2010

Feliz día de la Hispanidad.


Ahogar las penas en vodka está bien... Está bien cuando chillas: "¡Ven, quiero oír tu voz, y si aún nos queda amor, impidamos que esto muera!". Está bien cuando cantas rock and roll español de los 90 de una manera muy sexy. Está bien cuando das vueltas sin parar a la mesa. Está bien cuando corres en ropa interior por el medio de la calle... Pero, cuando pasan unas horas tus penas siguen estando ahí.

domingo, 10 de octubre de 2010

No serás capaz de odiarme


A veces no tengo ganas de ser simpática, estoy meditabunda y ausente, gruño en vez de hablar, duermo poco, me cabreo rápido y escupo incoherencias. A veces odio que suene el teléfono y no lo cojo, y no contesto mensajes, no hago caso a nada y me da igual. 

domingo, 3 de octubre de 2010

Co-razones




Así que supondrás que yo soy la primera que entiende el que pierdas la cabeza por su sonrisa, y el sentido por sus palabras, y el pecho por un mínimo roce de mejilla. Que las suspicacias, los disimulos cuando pasa, las incomodidades de orgullo que pueda provocarte, son algo con lo que ya cuento.
Quiero decir que a mí de versos no me tienes que decir nada… que hace tiempo que escribo los míos. Que yo también lo veo. Que cuando él cruza por debajo del cielo solo las tontas miran al cielo. Que sé como agacha la cabeza, levanta la mirada y se muerde el labio inferior. Que conozco su voz en formato susurro y formato gemido, en formato secreto y formato suspiro. Que me sé sus cicatrices y el sitio que le tienes que tocar en el Este de su pie izquierdo para conseguir que se ría. Y me sé lo de sus rodillas, y la totalidad de los secretos que se esconden bajo su camisa.

Que yo también he memorizado su número de teléfono, pero además el número de sus escalones, y el número de veces que afina las cuerdas antes de ahorcarse por bulerías. 
Que no sólo conozco su última pesadilla, también las mil anteriores, y yo sí que no tengo cojones de decirle que no a nada porque tengo más deudas con su espalda de las que nadie tendrá jamás con la luna. Que sé la cara que pone cuando se deja ser completamente él mismo, rendido a ese puto milagro que supone que exista. Que lo he visto volar por encima de promesas que valían mucho más que estos dedos, y lo he visto formar un charco de arena rompiendo todos los relojes que le puso el camino, y lo he visto hacerle competencia a cualquier amanecer por la ventana. 
Por eso, eso que me cuentas de que mírale cómo bebe las cervezas y cómo se revuelve sobre las baldosas y qué fácil parece a veces enamorarse. Todo eso de que él puede llegar a ser ese puto único motivo de seguir vivo y a la mierda con la autodestrucción... Todo eso de que los besos de ciertas bocas saben mejor es un cuento que me sé desde el día que me dio dos besos y me dijo su nombre.Que te entiendo. Que yo escribo sobre lo mismo. Sobre el mismo. Que razones tenemos todos. Pero yo muchas más que vosotros..