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martes, 29 de marzo de 2011

No sabía que la primavera duraba un segundo.

El maniquí te mira de reojo, te domina y desafía. Y tú te quedas ahí, inmóvil, viendo cómo te mira alguien que no tiene corazón. Y te preguntas si también sentirá ese escozor en el pecho cuando viene el mal tiempo. Claro que no. Ni engorda, ni come chocolate, ni tiene imperfecciones en la cara. 
Y ahora que le miras bajo el frío del invierno y las luces, cuando ya no hay nadie en la calle y tú deambulas sin rumbo. Te das cuenta de que quizás sienta algo dentro, en alguna parte de su cuerpo hueco. Que quizás sienta ese vacío que a veces, notas tú.

martes, 22 de marzo de 2011

Mírame soy feliz, tu juego me ha dejado así.

Aunque a veces me enfade sin motivo y esté malhumorada por gilipolleces lo que de verdad cuenta son esos momentos en los que lloro de la risa, y me duelen las mejillas y el estómago y me tengo que levantar porque me voy a ahogar con tantas carcajadas.

sábado, 19 de marzo de 2011

Breathless.

- Entonces, creo que ya está. Aquí terminamos.
- Vale...
- ¿Vale? ¿Eso es todo lo que vas a decir?
- Supongo.
- ¿No vas a llorar? ¿No vas a pedirme que no me vaya?
- No. ¿Qué más da? Antes me habría importado, ¿sabes? Me he dedicado toda mi vida a pensar que el destino era una excusa de mierda de la gente religiosa para rezar, y seguir esas putas órdenes que ellos mismos se imponen. Y ahora no sé si existe o no, ni siquiera estoy segura de querer saberlo. Pero sé que, pase lo que pase y hagamos lo que hagamos, vamos a morir. Todos. La única cosa segura es la muerte. Qué triste, ¿no? Saber que, después de todo, sólo somos un montón de huesos. Huesos y más huesos que se amontonarán en cementerios. O cenizas y más cenizas que irán a parar al mar o a cualquier hurna de cualquier estantería. Me recuerda a lo que pasa con el polvo. ¿Nunca te has parado a contemplarlo? Es fascinante. ¿Sabías que el polvo doméstico está formado en mayor parte por células que se desprenden de nuestra piel? Es extraño. Vamos perdiéndonos poco a poco cada vez que realizamos un movimiento, por simple que sea. Vamos disolviéndonos un poco cada vez que respiramos, vamos desapareciendo un poco cada vez que nuestro corazón late. Somos un cigarrillo en los labios del encargado de manejar las marionetas, llámalo Dios, llámalo Alá, llámalo Zapatero, pero es lo que hay. Nos morimos. Caminamos hacia nuestro único objetivo real y cierto. Caminamos desde la incertidumbre hacia lo seguro. 

No voy a suicidarme porque me digas que ya no vas a robar flores del jardín de los vecinos para mí. Puedes sucidarte tú si quieres, pero no te lo tomes a mal. Es que creo que ya he entendido qué hacemos aquí. Creo que ya he entendido por qué subimos todos los días a esta azotea y nos sentamos en este sofá. 
Naces. Con suerte, naces en el Hemisferio Norte y no tienes graves problemas, aunque te dirán que los tienes. Soledad, lo llamarán. Envidia, locura, pereza, estupidez, desconfianza... Yo qué sé. Las civilizaciones modernas tendemos a bautizarlo todo con nombres ridículos y, a la hora de la verdad, sólo nos entendemos con balas o bombas. Naces en el Hemisferio Norte. Y te ponen un nombre, uno bonito. Creces. Tienes tu PlayStation con 9388 juegos. En ellos atropellarás a todo aquel que te impida ganar la carrera, empuñarás rifles de asalto, robarás cafeteras en pequeños comercios o ganarás el mundial de fútbol y las Olimpiadas. Aunque también puedes crecer con tu muñeca Barbie, la cual tendrá casi más ropa que tú. Y después pides permiso para hacer un montón de cosas que terminas haciendo cuando has cumplido los dieciocho porque, joder, nunca te dejan hacer nada. Y vas a la universidad. Da igual si estudias lo que te gusta, lo que quieren tus padres o lo que te dará un empleo seguro. Sí, da igual. Porque terminarás averiguando por ti mismo que todo es la misma mierda. Y que te has pasado la mitad de tu vida estudiando para acabar pensando que te has equivocado. En todo. Sí, en todo. Y conocerás a John si eres chica, a Mary si eres chico. 
Pero al final mueres solo. Moriremos solos en un sofá como éste, viejo, que olerá a naftalina y tendrá manchas de café. Por eso subimos a esta azotea y nos sentamos aquí. Porque necesitamos huir. Tratamos de huir de nuestro destino, de la muerte y de toda esa mierda a la que estamos expuestos si bajamos ahí, al mundo real, a esa macedonia de luces y de bombas. Pero yo ya lo he entendido, lo entendí una vez mientras contemplaba una gran acumulación de polvo que se había formado bajo mi cama. Morimos lentamente. Cada derrota y cada victoria, por grande o pequeña que sea en realidad, nos mata un poco.
¿Qué se supone que debo hacer? Que no llore, no significa que no quiera llorar. Que no te pida que no te vayas no significa que quiera que te vayas. Que no me cabree, no suplique o no haga inventario de todos los momentos vividos, no significa que no tenga un agujero negro en el pecho. 

miércoles, 16 de marzo de 2011

Amelie.

La antigua inquilina de mi piso se llamaba Amelie. Lo descubrí el primer día que fui a abrir el buzón del portal. Había llovido mucho y aún escuchaba el goteo incesante del agua sobre el suelo de mármol, cuando vi una carta dirigida a ella. Pronto me hice una imagen mental de como sería, de como olería o se movería, imaginé que sería capaz de sacar la mejor cara en los peores momentos, que siempre tendría la palabra precisa, la mirada perfecta, imaginé que ella era capaz de cosas imposibles, sabría hacer galletas de chocolate en tardes tormentosas o estar siempre ahí cuando la necesitasen. Estaba segura que sería una enamorada del cine clásico, de la vainilla y de los hoyuelos en las mejillas. Su piel sería la de un melocotón y nunca llevaría paraguas. Usaría una bicicleta para dar la vuelta al mundo y tendría conversaciones interminables con la luna lunera. Es curioso como sin conocer a alguien podemos llegar a imaginarnos su vida con exactitud, sus emociones, sus sueños, sus deseos, sus manías... Imaginaba a la Amelie de la película, una de mis películas favoritas, imaginaba su pelo negro con corte a lo garçon, sus ojos almendra, su boca rosada y ese halo de inquietante misterio que rodeaba cada cosa que hacía. 
Subí la carta al piso, la puse sobre la cama y me senté enfrente de ella. Al fin rompí el precinto pegajoso del dorso y me dispuse a sacar el papel que había en el interior. Pero de pronto paré, me quedé inmóvil, estática, no, no la abriría, si me preguntas por que, no sabría contestarte, pero simplemente no lo hice. Nunca abrí esa carta, ni las posteriores que llegaron, cada mes, durante cinco años.

sábado, 12 de marzo de 2011

La estrella de los tejados.



Desde arriba podía verlo todo sin que nadie supiera que tenía como costumbre observar a los demás. No era curiosidad, sencillamente se sentía bien mirando otras vidas. Cuando caía la noche trepaba al tejado para sentarse a esperar. Y esperaba.
Podía ser que no ocurriera nada, entonces miraba el cielo y se sentía la única persona del mundo que hacía eso. Ser la única que mira el cielo es algo mágico.
Adoraba ver cómo se iban apagando las luces en las ventanas, cómo se iba rindiendo la noche al silencio e imaginaba el sueño ocupando los ojos de la gente, sentía el tacto agradable de las sábanas en el cuerpo y el beso de buenas noches. Buenas noches, decía para sí.
Entonces escuchaba algún ruido e inmediatamente se concentraba en cada movimiento, en cada minúsculo detalle y permanecía muy quieta para no estorbar. Si se movía podía ser que las cosas no sucedieran igual, que nunca más salieran los solitarios a pasear, que la luna no volviera a brillar o que los amantes no se pudieran abrazar. Los abrazos y las palabras más tiernas se dan y se dicen por la noche. Por eso le gustaba vigilar la noche, por si alguna palabra quedaba suelta y así quedársela.
Sólo cuando la noche se quedaba inmóvil volvía a casa y apagaba la luz esperando que alguien desde su tejado, estuviera mirando su ventana.

viernes, 11 de marzo de 2011

Times Like These.

Las cosas cambian, las personas que formaban la palabra amigos/as bajan, suben.. Y no te digo que no esté bien con mis amigos, solo digo que es raro, ¿no? Que la persona que más te pudo ayudar nunca, ahora sea un conocido. Solo eso, un conocido, alguien al que le dices -Hola. Que comparas lo que fuisteis en un momento dado a lo que sois ahora y te preguntas cómo y cuándo pasó todo esto. Que a lo mejor te afecta un día, al siguiente ni te acuerdas y sigues sin hacer nada para que esto cambie. Pero hoy es un día de esos en los que piensas en lo que fuisteis y en lo que sois. Y te enfadas.. Pero eso, que suben y que bajan. Que a lo mejor en unos meses se vuelven a convertir en las personas más importantes, pero hoy; hoy sabes que entre tú y esa persona, hay un abismo.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Papillon.

(...) Es entonces cuando te apetece salir y mojarte de vida, olvidar el paragüas a propósito detrás de cualquier portal, que todos sepan que tú has atravesado la atmósfera y todas las demás capas que rodean a la Tierra, que tú tienes la llave que abre los ojos a lo más bonito de la vida. Compartir un viaje en coche, un postre, un roce de manos, un estremecimiento por cada rincón del cuerpo.. Usar pegamento del más fuerte para que nada pueda separarte de eso que has encontrado sin querer, ni de la luz que trae consigo. Olvidar los deseos que pedías a la estrella más brillante del cielo y encontrarlos todos flotando sobre la palma de tu mano.. No creo que haya nada mejor.

sábado, 5 de marzo de 2011

Me cuelgo de cualquiera que le guste trasnochar.



Esta guitarra cínica y dolorida, con su terco knock knockin' on heaven's door, estos labios que saben a despedida, a vinagre en las heridas, a pañuelo de estación.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Sabina siempre dijo que el amor era igual que un imperdible.

Cuando por fin se desenganchó de aquel fumador empedernido que, según ella misma dijo resultó ser un cabronazo (palabras textuales), se prometió ignorar al género masculino.
Pero meses más tarde, y con ocasión de la llegada a su ciudad del circo, se enamoró perdidamente de un funambulista. Un amor con fecha de caducidad, pues el circo partió a las seis semanas y con él, el funambulista. Dejando así, su corazón temblando sobre el alambre por el que, días antes había caminado su amado.
Han pasado meses desde la partida del circo y ella ansía volver a enamorarse. Le han dicho que el amor no se busca, que te encuentra. Está cansada de esperar, así que se ha cosido un corazón rojo gigante en una camiseta en la que ha escrito: “El amor es igual que un imperdible, prendido en la solapa del azar”; porque nadie dijo que no se pudieran dejar pistas…