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jueves, 15 de septiembre de 2011

El amor es como los libros.



¿No me crees? Imagina que estás en una biblioteca. Recorres las estanterías con la mirada hasta que un libro en especial llama tu atención. Lo coges y empiezas a leer una, dos, tres páginas. Notas cómo las palabras se te hacen pesadas y necesitas una enorme fuerza de voluntad para terminar el primer capítulo. Lo consigues y empiezas el siguiente, esperando encontrar algo nuevo, pero no. Te das cuenta de que ese libro no es para ti y lo abandonas.
Otra vez recorres -quizás más atentamente- las estanterías y finalmente te decides por otro libro. Comienzas a leer… y te resulta adictivo. Sin darte cuenta ya vas por el octavo capítulo y dos horas se te han pasado como cinco minutos. Te debates entre leerlo todo de un tirón o saborearlo más lentamente. El error más común que cometemos cuando encontramos el primer libro que de verdad nos gusta es que lo leemos demasiado rápido, sin prestar atención a los pequeños detalles, nos saltamos páginas, lo descuidamos… De pronto nos damos cuenta de que las páginas se han acabado y de que hemos llegado al final. Nos queda un sabor agridulce en la boca y lo dejemos en la estantería, algo avergonzados y con la promesa de que el próximo lo apreciaremos más.
Rara vez se encuentra otro libro tan adictivo como el primero, pero supongamos que lo encuentras y esta vez te lo tomas en serio, procurando que dure aunque sea unas horas más, apreciando cada matiz, saboreando todas y cada una de las palabras. Pero el final es el mismo: estas triste y contento a la vez. Contento porque ha sido un excelente libro y estás orgulloso de él. Triste porque al fin y al cabo, ha terminado. Se terminaron las sorpresas, el suspenso, los secretos... Ya has averiguado todo ¿Qué haces entonces? Si te propones  buscar otro más como ese, ten por seguro que terminarás solo y nunca volverás a leer algo tan exquisito. Pero si lo vuelves a leer, una y otra vez, al menos podrás seguir disfrutando ¿Y qué pasa entonces? Entras en un estado repetitivo y nada emocionante. Aunque lo leas más de cien veces, terminarás –aunque sea en gran medida- aburriéndote. Y ahí se nos plantea otro problema ¿Qué hacer? Desesperado, buscas libros de segunda mano, de esos que ni tienen nombre. No te gustan, pero sirven para pasar el rato…

martes, 6 de septiembre de 2011

Sin-onimo de ofender.

París llora todas las noches su pérdida. Lo sé, porque cuando llega la hora de su muerte, el rió Sena acalla su arrullo lento y sinuoso, la torre Eiffel pierde algo de su esplendor desde mi ventana, y las Amélies soñadoras se esconden en casa para no encontrar a su Nino particular.
Un mes después me quité los zapatos desgastados y los coloqué perfectamente alineados en el suelo. Descalza y con la determinación dibujada en el rostro subí a la silla. Sentí el vértigo en el estómago al percatarme del inminente vacío que se alzaba a mis pies; las personas eran hormigas y los coches no eran más que manchas borrosas de colores infinitos. Fumé el último cigarro de la cajetilla de tabaco, disfrutando de cada calada mientras me empapaba del aire aristocrático de París. Cuando hube terminado apagué la colilla en una de las muchas macetas que adornaban mi balcón, sonreí unos instantes a las estrellas del cielo francés y me lancé a la nada, donde sabía que las gárgolas de Notre Dame vendrían a buscarme para llevarme con sus alas rotas y sus sonrisas torcidas.

jueves, 1 de septiembre de 2011

3060






Cuando me preguntas si el mundo siempre fue así, un lugar lleno de cenizas, como lo vemos tú y yo día tras día, se me hace cada vez más difícil decirte que no, por que con el paso del tiempo mi memoria va borrando las imágenes de aquellos días donde había luz y yo era feliz.
El hombre posee grandes virtudes como el amor o la esperanza, pero también atesora el innato poder de la autodestrucción.
Todo en un sentido es finito. Nada perdura, ni tan siquiera los dinosaurios, que durante miles de años poblaron la Tierra. Incluso ellos sucumbieron. Todo es un ciclo. A veces, cuando llega la primavera, contemplamos cómo florece el árbol del jardín o cómo unos pájaros hacen su nido en el tejado de nuestra casa. Pero llega un año en el que ese árbol deja de florecer o esos pájaros dejan de anidar. Entonces algo cambia, pero nuestros compulsivos movimientos diarios apenas nos dejan ver más allá de los sucesos que tanto nos acechan y nos agobian, y que tan importantes son para nosotros, pero tan insignificantes son para la humanidad. Eso creo que es lo que ha pasado, que no hemos sido capaces de mirar más allá de nuestro resquebrajado caparazón, y un día de repente todo se ha venido abajo, y lo que antes era tan importante, ahora simplemente ha dejado de existir.